miércoles, 15 de febrero de 2012

Otra historia de Liverpool


Una amiga ha escrito esta frase en su página de Facebook: “Adiós a Whitney Houston. La fama debería llegar a los humanos acompañada, en cantidades iguales, de sabiduría. De lo contrario, puede terminar convirtiéndose en un arma mortal”.

La reflexión puede referirse también a otros famosos que han muerto, como Amy Winehouse, pero también a ciertos conocidos, nacionales o internacionales, que viven pero han perdido la ruta por la que vinieron.

Una de las formas de mantener los pies sobre la tierra es repensar en los orígenes y en los lugares a los que pertenecemos y de los que venimos. Por ello he revisado nuevamente los tres últimos discos de Ringo Starr, famoso baterista de los Beatles, también con una vida tempestuosa en que tuvo que pasar por rehabilitación alcohólica luego del naufragio en que se encontró conjuntamente con su esposa Bárbara Bach.

Los famosos escriben, con mano ajena, sus autobiografías en la que muchas veces inventan situaciones o hecho que buscan deslumbrar a sus seguidores. Otros se niegan a hacerlo pero sienten la necesidad de exteriorizar lo que son y lo que fueron.
Ringo proviene del norte de Inglaterra y llamó a una de sus canciones “Liverpool 8”, sector de la ciudad en la que vivió en su infancia. Dice: “el destino me llamó y no pude quedarme, Liverpool te dejé pero nunca te traicioné”. Recuerda los lugares por los que anduvo de chico y considera que, pese a haber sido “number one” cuando tocó en el Estadio Shea, en Nueva York, su calle sigue siendo Madryn Street, arrabalera y popular.

En “El otro sector de Liverpool”, Ringo rememora la pobreza y la ciudad fría, gris y húmeda, de la que solo se puede salir “con guitarras, batería y amplificador”, al igual que escapa cualquier emigrante de una condición opresora y triste.

En su último álbum, 2012, publicado escasamente hace ocho días, Ringo vuelve a referirse al amor por su ciudad y a cumplir lo que había resuelto: sacar un poquito de su vida modesta en cada nueva entrega. Con una infancia en la que su madre trabajó de mesera en un bar, para mantenerle luego del abandono de su padre, se atreve a decir que, cuando vivió en Liverpool, siempre brilló en su mente el sol.

Puede ser que los nuevos oyentes de Ringo no encuentren razones o interés en su empeño en retornar a la infancia, pero el baterista está exorcizando sus demonios y retornando a raíces en que, con menos fama y menos dinero, fue de alguna manera feliz. Ringo es ya un hombre viejo y, como tal, reflexiona sobre lo que ha sido su vida, al lugar donde llegó y aquél al que, secretamente, añora volver a sabiendas que es imposible.

Publicado el 15 de febrero de 2012

miércoles, 8 de febrero de 2012

Memorias de la galería


La posibilidad actual de comprar películas “piratas” en la calle no ha llevado, inapelablemente, a la desaparición de las salas de cine, pero éstas han cambiado de manera radical. Ya no están los viejos teatros de Cuenca, unos de mejor categoría y otros francamente malos por los habitantes rastreros y olores pungentes que los habitaron.

Sin embargo, igual que en “Cinema Paradiso”, asistir a una sala de cine con una buena compañía, para ver una película escogida en un ambiente casi religioso de silencio y concentración, no es igual que verla en casa.

Tampoco era igual ir a la luneta del Teatro Cuenca que a la galería, a sabiendas el famoso “gallinero” costaba mucho menos y podía ahorrarse aún más si se elegía la galería alta.

La diferencia de costo entre la galería alta y la baja era suficiente para que el muchacho que entraba al cine pudiera comprar un cigarrillo Lucky, Chester o Paxton o, el más machazo, fumara inclusive King o hasta Full Speed. Después, en una demostración de ruptura de las reglas, era fácil pasar de la galería alta a la baja –no sé con qué objeto- saltando una pequeña valla de madera que tenía una hilera de clavos retorcidos en su parte superior.

La galería era el lugar para ver el cine a la altura de los ojos, en unas incómodas bancas de madera sin espaldar, y rodeado a veces de campesinos, entre ellos mujeres con niños que lloraban, y que llevaban a que los majaderos gritaran una cantidad de improperios supuestamente graciosos para que la madre callara a la criatura.

El colmo del abuso de los asistentes a la galería era, por supuesto, tirar objetos a la luneta. En la temporada cercana al Carnaval, inclusive globos llenos de agua, con el correspondiente reclamo del “cuetero” que, además de poner la película en las máquinas proyectoras, era el encargado, garrote en mano, de controlar a los asistentes, luego de escuchar los agravios que le lanzaban si equivocaba el orden de los rollos.

Sin embargo esas viejas galerías llevaron a que muchos pudieran ver obras irrepetibles, desde la impactante “Ben-Hur” en la que el malvado Messala es derrotado por un joven Charlton Heston, hasta la preciosa “Romeo y Julieta” de Zeffirelli, cuando todos los estudiantes de la ciudad se enamoraron de Olivia Hussey y lloraron su muerte por la fría daga. La galería sirvió para escuchar a Raphael en alguna de sus visitas a Cuenca, o a los Ángeles Negros tocando en el ínterin de dos películas.

Hoy esas galerías ya no están, pero muchos recordarán que asistieron al cine cuando era mágico, y no una cosa de todos los días; rieron, lloraron y se asustaron con filmes que, vueltos a ver, posiblemente no son ni la sombra del recuerdo que dejaron en cada uno de nosotros.

Publicado el 8 de febrero de 2012

miércoles, 1 de febrero de 2012

Campo de aviación


La historia de la aviación de Cuenca ha estado llena de aventuras, logros y tragedias. Desde el cruce de los Andes por el piloto italiano Elia Liut en su avión Telégrafo I hasta el accidente mortal de Andesa en El Ejido, lugar donde actualmente se encuentra un centro comercial, los cuencanos han utilizado “los caminos del aire” para relacionarse con el mundo exterior.

El pequeño campo de aviación Mariscal La Mar ha sido el lugar desde donde han partido cientos de personas. Aviar a los pasajeros tenía no solamente un sabor sino también un olor especial, pues la vieja casa de la terminal contaba con un patio rodeado de cipreses en donde padres, hermanos e hijos se reunían postreramente con el viajero antes que éste, al llamado de embarque, abriera una portezuela y literalmente trepara al Douglas DC-3 que esperaba a pocos metros de distancia.

Momento crucial para los que esperaban el regreso de un ser querido era aquél en que, el de mejor visión, lograba ver el pequeño punto sobre el cielo de Ricaurte o en las estribaciones de las montañas, acercándose hacia el campo de aterrizaje. Suponía por un lado la emoción de una espera que por fin concluía y, por otro, el desenlace positivo del riesgo que significa volar. Varios –muchos- minutos más y el aeroplano habría tomado pista y estaría carreteando hacia la terminal.

Hubo un tiempo en que Cuenca parecía haber recibido una maldición y sus aviones se perdían dejando una estela de dolor e inquietud, pues no hay peso más grande en el corazón que aquel que sufren los que no pueden recuperar a sus muertos. Otros aviones se accidentaron cerca de la ciudad, marcándola para siempre.

Han cambiado las cosas y el aeropuerto –que ya no campo de aviación- recibe un tránsito diario de pasajeros ligeramente disminuido por el incremento de los costos de los combustibles. El viajante que sale de la ciudad ingresa en una sala aséptica en que se reúne con otros como él. Con la excepción de los campesinos que se despiden del hijo que viaja a lugares con extraños nombres, hoy tan conocidos como New Jersey o Queens, los demás llegan en un taxi anónimo sin compañía alguna. Ni siquiera en el social de los periódicos se ve la noticia de “Viajó a la capital por vía aérea el señor N”

El mundo es hoy una aldea global y el cuencano sigue el camino que trazaron sus antepasados: viajero que fija su mirada en lugares insospechados del mundo, en algún momento retorna para encontrarse con el recuerdo del ciprés en lo profundo de su memoria.

Publicado el 1 de febrero de 2012

miércoles, 25 de enero de 2012

Sobre Derecho, Internet y Sociedad


El joven abogado y catedrático universitario Andrés Martínez Moscoso ha escrito un libro que se titula “Derecho, Internet y Sociedad”.

El libro toca una serie de temas relacionados con la tecnología actual y, sobre todo, con la comunicación que ha cambiado radicalmente desde el uso de la internet en todos los ámbitos de la actividad humana.

Han quedado atrás aquellos argumentos que escuchábamos hace algunos años, que hacían referencia a que la internet no encaja en nuestra sociedad, ni en nuestra condición o nuestro nivel de desarrollo social; en suma, una actitud que quería mantenernos en una edad de piedra tecnológica.

Andrés Martínez pone especial énfasis en la libertad que ha traído la nueva tecnología, que no limita ni el conocimiento ni la posibilidad de presentar las ideas de cada uno de los individuos, por más extrañas que éstas sean.

Atada a la respuesta de la libertad está, a la vez, en el pensamiento y obra de Martínez, la preocupación por las limitaciones que tanto los Estados como las grandes corporaciones tratan de aplicar a los ciudadanos, cual si se cumpliera la profecía de Orwell y tuviéramos omnipresente al Gran Hermano. A su vez el Ogro Filantrópico de Octavio Paz ha salido de su antigua cueva y hoy puede mirarnos con un ojo ciclópeo que puede atravesar paredes, hasta lo más recóndito de nuestros pensamientos, y perseguir a los autores-pensadores para castigarlos severamente.

Martínez es un recurrente pensador de la ética en la conducta humana y la ética en el Derecho. Por ello ha resuelto en carne propia que su obra sea conocida y difundida sin limitaciones. El libro ha sido publicado bajo licencia “creative commons”, que permite su difusión gratuita por la red y física, siempre que se respete su condición de autor. 

Publicado el 25 de enero de 2012

miércoles, 18 de enero de 2012

El Willys


Rubén tenía un Willys. En los setenta ese vehículo, conocido con el nombre genérico de “jeep”, podía muy bien haber sido una reliquia de la Segunda Guerra Mundial. Ahora se paseaba lentamente por las calles de Cuenca.

Como cualquier Willys de cepa, era de color verde, lata dura, muy dura, y cubierta de lona llena de agujeros. Entraba en él una cantidad indeterminada de estudiantes pues, si usted ha visto un jeep, sabe que los asientos de atrás eran solamente dos planchas de metal colocadas longitudinalmente. La puerta trasera se abría hacia abajo si se soltaban las cadenas que la sostenían.

Girar alrededor de las manzanas de la ciudad para ver a las chicas que permanecían en sus casas, con una mezcla de coquetería y timidez, era la principal ocupación del Willys. No daba igual permanecer de pie frente a la casa de la enamorada que dar vueltas en el jeep: la categoría subía de inmediato.

A veces el Willys podía ser peligroso pues el ruido de su motor impedía que el conductor supiera que uno de los amigos había resuelto bajarse y que lo hacía por la portezuela trasera aprovechando de la poca velocidad del vehículo. Más de uno fue a parar en la calzada en situación poco elegante para presentarse de improviso ante una chica.

El Willys servía también para aprender a manejar, aunque su orgulloso propietario desconfiaba que los amigos-alumnos pudieran tratar al motor del jeep como éste requería, pues las marchas no estaban sincronizadas y era todo un arte “meter cambio” sin destrozar la máquina.

El Willys a veces salía de viaje, aunque este periplo significaba solamente ir a Gualaceo o Paute en algún paseo de carnaval que, por la disposición de su cubierta, era una aventura sumamente arriesgada. Para ello era necesario cargar, en la parte de atrás, una llanta de repuesto que era tal porque había perdido todas sus lonas.

El Willys aguantó por muchos años: motor poderoso y estructura fabricada para situaciones bélicas no podían rendirse fácilmente. Hoy probablemente reposa para siempre en algún garaje del viejo Molino de la Virgen del Río, a orillas del Tomebamba.

El Willys es solamente uno entre tantos; otros pueden ser el pichirilo, la brillante y roja Datsun 1200 o la Toyota Corona blanca, que se movían con cinco sucres de gasolina, suficientes para comprar un galón. ¡Cuántas cosas pasaron en esos queridos cacharros, retratados en su momento por Roberto Carlos, que también cambió su Cadillac por uno de ellos!

Publicado el 18 de enero de 2012

miércoles, 11 de enero de 2012

Una aventura cercana


Sin cambios, menos aún con frenos de disco, así era la bicicleta ATU roja de una Navidad. Servía para moverse por las calles adoquinadas de Cuenca, con el timón vibrando por la dureza del suelo. Llevaba, a quien la utilizó, al viejo colegio y también a ver a las chicas que salían del suyo. No estaba mal –no era tiempo de pelucones- llegar hasta La Asunción o Los Corazones en una bicicleta, y luego correr en ella tras el bus de las estudiantes.

Luego cambiaron las cosas: la bicicleta se quedó guardada, pues era de mejor presencia transitar a pie por las calles o treparse al viejo Willis del amigo para dar vueltas por la ciudad.

Pero la bicicleta es pertinaz: volvió con diferente estilo, aparecieron los cambios, inexistentes hasta ese momento, el sillín cambió el cuero con otros materiales, desapareció el faro que daba poca luz, con la dínamo que giraba apoyada en la rueda delantera.

Los sábados y domingos por los caminos cercanos aparecen grupos de ciclistas: los modernos cascos relucen, las gafas reflejan el paso raudo de los caminos cercanos a la ciudad. Los radios ya no se tuercen, ni el gusanillo es una simple tripa de caucho que deja salir el aire de inmediato, apenas se gira el anillo que lo sujeta a la llanta.

El antiguo caballito de acero ni siquiera es ya de ese material.

El ciclismo de aventura es hoy más que una moda pasajera: los ciudadanos hemos descubierto que, a lomo de esta máquina, podemos llegar rápidamente a lugares que, estando tan cerca, jamás fueron parte de nuestro recorrido cotidiano.

Sin embargo no se necesita la capacidad de un atleta ni el trazo de la ruta en mapas provinciales para gozar de esta simple y maravillosa aventura. Uno de los aciertos de esta Ciudad es la apertura y el cuidado -que esperamos sea permanente- de los caminos que llevan a los ciclistas por los parques lineales, de Machángara hasta Monay, de Yanuncay al antiguo camino a Baños, de los Tres Puentes a Gapal.

Apague el televisor que ven sus hijos y saque las bicicletas; consiga un émbolo e hinche las llantas. Colóqueles un casco en la cabeza y llene de agua la caramañola, esa que usaba para las excursiones al Cajas. No se preocupe si la bici que encuentra en su bodega es una vieja ATU. La diversión está garantizada y los pequeños recordarán ese día más que todos los que pasaron frente a la pantalla.

Publicado el 11 de enero de 2012

miércoles, 4 de enero de 2012

¿Mayas o Era de Acuario?


Llegó el 2012 como llegan todos los años: a la carrera. No conozco persona que pueda manifestar que espera un nuevo año como quien espera la llegada de un avión: con el boleto comprado con anterioridad, las maletas hechas y las horas en el aeropuerto debidamente programadas. A diferencia de lo que sucede con los aeroplanos, el año siempre aparece puntual, pero su arribo es casi furtivo. En seguida nos atropella con nuevas cosas que hay que hacer, empezando con el pago del impuesto al predio.

Este año, sin embargo, tiene un sabor especial pues los seguidores de los mayas suponen que se acabará el 21 de diciembre. Esto quiere decir que pasaremos las fiestas de Cuenca pero no llegaremos a Navidades y, menos aún, a celebrar otro año nuevo.

La idea de la terminación del mundo no es nueva y se ha repetido continuamente a lo largo de la historia: así lo creyeron los que vivieron en el año 1000 de nuestra era. También se pensó lo mismo para el año 2000, más aún cuando se veían las imágenes del Niño Jesús en los museos tradicionales de la Escuela Quiteña, mostrando dos deditos como un anuncio que el mundo no pasaría de 1999.

Sin embargo, quienes sí piensan que el mundo se puede acabar encuentran razones más poderosas: hemos llegado a 10.000 millones de seres humanos en un planeta cada vez más agotado, en que el agua es un bien que se evapora para no volver. No hay visos de disminución en la fabricación de armas y Europa, cuna de la civilización como la conocemos en Occidente, se encuentra sumida en una crisis impensable, como si fuera el Tercer Mundo.

En resumen, parece que el mundo como lo conocemos sí se va a acabar, al igual que terminaron civilizaciones de las que sabemos mucho o poco, pero de las que no hemos aprendido nada.

En la última parte del siglo XX fue muy famosa una ópera rock llamada “Hair”, que se conoció sobre todo por la canción Acquarius, cuya letra decía: “Este es el amanecer de la Era del Acuario/Armonía y entendimiento/Solidaridad y confianza/No más falacias o sarcasmo/Sueños vivos de visiones doradas/Revelación mística y cristalina/y verdadera liberación mental.”

Parece que perdimos la Era de Acuario por nuestros propios errores, aunque podemos tener el consuelo que ésta podría presentarse realmente en el año 2038, o en el 2080. No todos estaremos para verla pero sí podemos prepararla con pocas e importantes cosas: recicla, no desperdicies, y cumple tu palabra en los muchos o pocos compromisos que hayas hecho para 2012.

Publicado el 4 de enero de 2012