miércoles, 4 de noviembre de 2015

El rollo de fotos

El que algo sabía de fotografía deseaba ser el feliz propietario de una cámara réflex, de estas que hasta intercambiaban los lentes. Mirar por el visor y saber cómo saldrían las fotos hacía una gran diferencia con las pequeñas instamatic, que eran casi como unas cajitas plásticas en que las figuras apenas se distinguían.

De allí, “quedarse sin rollo” cuando el paseo estaba en su mejor nivel o el monumento de una ciudad lejana reflejaba un rayo de sol, era realmente una tragedia. Cualquier viaje requería llevar un cargamento suficiente de película de 35 mm, sin pasarla por los controles de los aeropuertos para que no se velen, cosa que jamás fue probada como cierta pero producía una sensación de angustia en el viajero.

Cargar el rollo era especialmente difícil: a través de una ranura afelpada había que halar de la punta hasta envolver sus bordes en el mecanismo dentado. Los que han pasado por ello saben de la frustración que supone dar la vuelta a la pequeña manivela y sentir que el rollo no camina. Abrir la cámara para ver qué pasa llevaba a la entrada inmediata de los rayos de luz y la película se dañaba indefectiblemente.

Después, a disparar pero con  tino, que el rollo solamente tenía para 36 fotos. No era el caso de pasear tomándose selfies para ver cuál de ellas sale mejor. La película se cuidaba como oro en polvo y la escena se planificaba una y otra vez; se pedía absoluta rigidez para que ninguno salga movido.

Terminado el rollo había que revelarlo. Quien tenía un laboratorio fotográfico en la casa era considerado un verdadero alquimista que transformaba el agua y los nitratos en verdaderas obras de arte, mientras aparecían en el papel, en la oscuridad de un cuarto con una bombilla roja, los ojitos brillantes del primer hijo.

Más fácil era llevar el rollo a revelar: dejarlo en la tienda fotográfica por algunos días y mantenerse en el suspenso de si las fotos habrían salido bien. El sobre, amarillo o verde, incluía todas las fotografías y los negativos, que nunca había que perder y que jamás se encontraban nuevamente. 

¡Allí estaban las fotografías! Brillantes, conmovedoras, impactantes. 

Tenemos memoria porque las fotos nos vuelven a un pasado que, sin ellas, habría desaparecido en los recovecos de nuestra mente. Recuerdos imborrables que hoy se evocan porque un fotógrafo aficionado estuvo allí.


Publicado el 4 de noviembre de 2015

http://www.eltiempo.com.ec/noticias-opinion/11494-el-rollo-de-fotos/ 

miércoles, 28 de octubre de 2015

Despertador

Sobre el velador hoy está un teléfono celular de aquellos que hacen todo, inclusive llamadas. 

Sirve para sumar las cuentas, pues hemos perdido la habilidad de hacerlo con papel y lápiz, y también para que nos recuerde el cumpleaños de algún amigo. De esa manera, casi automática, resolveremos que hay que ponerle una felicitación en el Facebook, o enviársela por WhatsApp, sin tomarnos la molestia –que parece real- de llamarle a saludar.

El celular está también para las fotos: de los niños, la mascota, un paisaje, un plato de comida, los selfies. Guarda el número de las tarjetas de crédito y la clave del IESS; nos permite escuchar música y ver videos.
Y está también para despertarnos con unas campanitas artificiales, que van subiendo de tono hasta que toquemos su pantalla. ¡Qué lejos está el teléfono del viejo reloj despertador! 

Ese antiguo reloj nos vigilaba en la noche con sus manecillas de un color verde fosforescente, que se habían cargado de luz durante el día y que mostraban el largo camino de la noche en el duermevela del insomnio.

Tenía dos campanas que eran capaces de levantar a un escuadrón cuando recibían el toque insistente del mecanismo de alarma. Solamente el que ha escuchado ese timbrazo conoce el deseo enorme de lanzar el aparato contra la pared.

Montar el funcionamiento del despertador casi era trabajo de un ingeniero mecánico: había que ponerle en hora y hasta calibrarlo, moviendo una pieza hacia el + o el – a que señale puntual las horas. Después marcar, con una aguja roja, la hora en que el timbre debía sonar. 

El timbre era de verdad: no sonaba a un bosque tropical, ni a las olas del mar de Hawaii, menos aún a la Guerra de las Galaxias ni a una marimba tropical. Era un sonido hiriente y atronador, que llevó hasta a discusiones conyugales cuando los horarios de marido y mujer no concordaban. 

El despertador tenía un propósito y servía para él magníficamente. Después vino el reloj de pilas, hasta que llegó el celular: más preciso y más práctico. Las agujas fosforescentes desaparecieron. Los fabricantes de aplicaciones hoy pueden emular un despertador antiguo en la pantalla, pero nadie lo lanzará contra la pared. ¡Cuesta mucho!


Publicado el 28 de octubre de 2015

http://www.eltiempo.com.ec/noticias-opinion/11461-despertador/

miércoles, 21 de octubre de 2015

Matón de barrio

Los barrios de la ciudad tenían también ciertas historias sórdidas. Entre ellas estaba el del matón del lugar, tan lejos del “matón” colegial, como se calificaba al aplicadísimo que no perdía jamás el 20.

Aquél era un individuo que, entre otras cosas, era un gran trompón, lo que significaba que podía batirse con cualquiera, sea de la zona o de barrios distantes. Era, además, mal encarado. Las chicas se cruzaban a la vereda del frente cuando le veían apoyado a la pared de una esquina. Algunos hasta tenían el sarcasmo de decir: “Buenas noches, señoritas, hoy no estoy con ganas de vacilar”


El problema está en que el matón no era solamente el héroe cuando había de enfrentarse en un partido de fútbol barrial: las drogas le volvían un ser intratable y peligroso. Muchos de ellos se ganaron sobrenombres bien puestos. Para muestra está el de “Ratero”, que varios recordarán.


Este individuo tenía, sin embargo, una historia a cuestas que podría calificarse como la del doctor Jekill y mister Hyde. Hay casos en que fue un brillante estudiante, un hombre fuerte y dedicado al deporte, inclusive bien parecido y, por lo tanto, conquistador de corazones femeninos.


Sin embargo, llegó el momento que algún “amigo” que bien podría estar en los infiernos, le dio un día el primer “pito”, la primera “hierba”, la primera pastilla.
Joven y, como tal, curioso, no se negó a aceptar el regalo que abría la mente, servía para ocultar situaciones de timidez profunda o maltratos familiares. Otros más lo hicieron por “estar en onda”, por no haber aprendido a decir que no, o porque, soberbiamente –palabra devaluada, que ya no parece reflejar la vigencia de los pecados capitales- consideraron que podían controlar la situación.


Lo cierto es que, algún día y en alguna hora en el barrio corrieron las voces: “¿Sabes que a X le encontraron muerto en una cuneta por San Roque?” “¿Conocías que Y se ha suicidado?” Otros desaparecieron y nunca más se supo de ellos. Si se libraron de esas garras, ya nadie lo sabe.


Pobres vidas desperdiciadas, a sabiendas que pocos se libraron de las consecuencias. ¡Si los chicos actuales lo supieran!




Publicado el 21 de octubre de 2015


http://www.eltiempo.com.ec/noticias-opinion/11428-mata-n-de-barrio/









miércoles, 14 de octubre de 2015

Napoleón o cualquier otro

Muchos hemos tenido uno: lo hemos criado, puesto un nombre y sacado a pasear, aunque sea menos de lo ofrecido. Otras veces habremos olvidado llevarle a las vacunas o simplemente ponerle un poco de agua fresca.
Cada vez que llegamos a la casa ha ladrado de alegría, ensuciándonos el pantalón con sus lengüetazos y su baile. Lo hemos mostrado con orgullo a los amigos aunque su presencia no guarde los estándares de la raza.
A muchos habrá servido de compañía en momentos tristes, cuando hablar con el Totó, el Rocky, el Aldo o la Coqueta, es mejor que hablar solo.
No faltará el que, en un momento de furia, pensó lanzarle un puntapié, bajando automáticamente en la escala zoológica a un nivel bastante menor que el agredido.
Habrá traído, moviendo la cola, el palo o la pelota recuperados del estanque; otro sabría hacerse el muerto, dar la pata o sentarse.

De pequeño tomaría un baño jabonoso, que nunca más recibió.
Posiblemente vistió la camiseta del equipo de fútbol favorito de la familia o fue fotografiado con gafas y sombrero, lo que le dio un aspecto penosamente humano.
En algún momento desapareció por varios días, angustiando a la familia que fijó un cartel en los postes del barrio para tratar de encontrarle. Volvió sucio, golpeado y oliendo mal, pero feliz, porque un perro no está para mantenerse preso.
Tal vez fue padre o madre de cachorritos que llenaron la huerta de la casa de pequeños gruñidos (y nietos y sobrinos de visita). Seguramente habrá llevado en el cuello una cinta roja o una bolsita con ruda para evitar que le ojeen.
Habrá sido pequeño, peludo y suave como Platero, pero en forma de perro, y fue parte de la familia: un pedazo de pan y una caricia fueron su mejor halago.
Y un día, sin avisar, se habrá ido para siempre: por un accidente, un envenenamiento o porque el perrito también tiene un corazón que puede fallar. 
¡Adiós, Napoleón!

Publicado el 14 de octubre de 2015
http://www.eltiempo.com.ec/noticias-opinion/11393-napolea-n-o-cualquier-otro/

miércoles, 7 de octubre de 2015

En desuso

Hace unos días alguien buscaba desesperadamente una máquina de escribir: su letra era tan mala que no podía llenar un formulario escribiéndolo a mano. Se le ocurrió, por tanto, recurrir a las teclas y a la cinta, esa que manchaba los dedos cuando había que cambiarla. Por más que la buscó, nadie la tenía ya.

Objetos que hace poco tempo se consideraban insustituibles, hoy están refundidos en los lugares más recónditos: pruebe a buscar papel carbón, fantástico para calcar las ilustraciones de un libro que se colocarían en el papelógrafo que, por cierto, nadie sabe hoy qué es.

Un floppy, esa maravilla de la nueva tecnología, que permitía guardar nada menos que 32Kb, ha desparecido por completo. Solamente los “snobs” usan pluma fuente, en un momento en que el “rollerball” más común no deja huellas azules en los dedos. Si es que consigue la tinta.

El teléfono de disco es una antigüedad para ponerla en el bar, al lado de la rocola, el juego de dardos  y un afiche de Lucky Strike con una rubia con vestido rojo, ajustadísimo, que fuma sensualmente.

Igual sucede con el flashcube que tan buenas fotos ayudó a tomar, aunque todos salían con ojos de conejo.

El walkman requería un casete de por lo menos de 90 minutos para que soportara unas veinte canciones. Nada que ver con un ipod, de esos que llevan más de veinte mil (que no sabemos cuándo vamos a escuchar)

El premio al olvido se lo lleva el mimeógrafo: ¿se acuerda todavía de las hojas mimeografiadas que se reproducían del esténcil? ¿Recuerda que era necesario mover una manivela para que el cilindro girara y salieran las hojas impresas con un color azul parecido al de los sellos de caucho?

Cuántas veces el mimeógrafo reprodujo el himno de la escuela, el evangelio de la misa, el panfleto revolucionario, el aviso de una fiesta que después se pegaba en un poste. 

El mimeógrafo, como tantos y tantos inventos, ha pasado al basurero de la historia (hablando en términos marxistas) Muchos más están en fila.

Publicado el 7 de octubre de 2015

miércoles, 30 de septiembre de 2015

Casete

Casi sin que nos demos cuenta en nuestras vidas se han producido unos cambios inimaginables. En la música, por ejemplo. El internet nos ha traído la vía para escucharla por medio de lo que se llama “streaming”.
Esta palabrita, que conocen todos los jóvenes y muy pocos mayores, es la traducción de corriente, correntada o arroyo. Significa que, conectados a la red, podemos recibir la música sin que ésta se encuentre en el reproductor, cual si bajara en una cascada de notas. 
Ha pasado un largo tiempo, más por la brecha tecnológica que por el transcurso de los años, en que había que comprar la música. Ésta venía en un disco de vinil o compacto, que necesariamente requería un tocadiscos.
No todos compraban música, sea porque no alcanzaba el dinero o porque el estilo musical buscado no se conseguía en los almacenes.
Entonces aparecía la salvación: el casete magnético, una cajita de plástico que tenía en su interior una cinta que permitía regrabar la música de los amigos e inclusive de los programas que transmitía la radio.
El método era bastante artesanal pues aún había forma de enlazar, con un cable, la grabadora con el reproductor o tocadiscos. La grabación debía llevarse a cabo en perfecto silencio: mientras el tocadiscos reproducía los sonidos casi no había como respirar.
¡Cuántas peleas familiares se produjeron en tiempos adolescentes por causa de una grabación fallida! Es que, en medio de un sublime solo de guitarra de Pink Floyd podía escucharse el grito ¡”Ya vengan a comer!” que arruinaban definitivamente el arduo trabajo realizado. 
¿Cómo regalar un casete de música romántica a la enamorada, si el locutor decía con voz estentórea el nombre de la radio en medio de la grabación?
Grabar casetes era un arte: se necesitaba tiempo, silencio, un amigo con buena música traída del extranjero, que la casa no tuviera perro que pudiera ladrar, y las largas noches no fueran las del Septenario. El trabajito que tomaba una buena grabación estaba bien compensado con la satisfacción de poseer el casete. 
¿Streaming? Sólo en los cuatro ríos de Cuenca.

Publicado el 30 de septiembre de 2015
http://www.eltiempo.com.ec/noticias-opinion/11326-casete/

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Una soda, por favor ...

El mundo siempre ha estado atento a los alimentos milagrosos, aquellos que calman el hambre y la sed o vuelven las fuerzas a un cuerpo cansado. Historias hay muchas: desde el maná bíblico que sabe a lo que más nos gusta, hasta la chía, redescubierta a los 500 años.

El sabroso ceviche supone una fuente de minerales que arreglan cualquier mala noche: aquél momento en que la definición de “chuchaqui” simplemente es “el deseo infinito de ser bueno.”

Pero el cuerpo no se agota solamente con los amigotes en una noche de juerga. También un buen partido de fútbol o de voleibol pueden mostrar que la edad no pasa en vano, aunque el jugador tenga no más de 25 años. Los músculos cansados requieren urgentemente un buen masaje con linimento olímpico que después dejará una huella olorosa imposible de borrar.

Más allá de estas recetas estaba una, la mejor, la más sabrosa: un vaso de deliciosa y burbujeante soda, de aquellas preparadas en la “Botica del doctor Sojos” en plena calle Bolívar, a pocos pasos de la esquina del parque Calderón.

Ver la preparación de la soda ya era suficiente para que el estómago revuelto, los músculos tensos, las coyunturas desencajadas, el dolor de cabeza infame, empezaran a ceder de inmediato.

El largo vaso en donde se introducía la aún más larga cucharilla de plata que revolvía las sustancias mágicas, estaba listo en pocos segundos para que el parroquiano que había llegado en búsqueda de este Santo Grial criollo pudiera tomarlo con la mano, temblorosa aún.

Las burbujas que se desprendían de las paredes interiores del vaso, iban directamente a los puntos más sensibles del cerebro, aquellos en que aún reposaba la mano que produjo el penal, el autogol, la volada que no llegó a la pelota, la bohemia nocturna, los tragos de la madrugada, todo mezclado en recuerdos de éste y del anterior fin de semana, deportivo o noctámbulo. 

Apurado el excelso brebaje, concordaban nuevamente el cuerpo y el espíritu.

Cuando alguien se llevó la cucharilla de plata los habitúes pensaron que todo había terminado. La botica, sin embargo, se sobrepuso a la tragedia: ¿y las sodas? Aún esperan por nosotros.


  • Publicado el 23 de septiembre de 2015



http://www.eltiempo.com.ec/noticias-opinion/11294-una-soda-por-favor/