miércoles, 18 de marzo de 2015

Identidad

Hay un momento en la vida de los pueblos y de las ciudades pequeñas que dejan de ser tales; se convierten, entonces, en ciudades grandes, impersonales, desconocidas, donde la gente puede perderse en un barrio que nunca ha visitado, o encontrarse en un lugar que parecería estar en otro sitio. 

Pero no siempre fue así: hubo un tiempo en que las direcciones se daban de manera más simple y, sin embargo, el que preguntaba llegaba sin contratiempos.  Entonces alguien vivía al lado del almacén de la señora Celina Arce, en donde había un perro viejo y lanudo permanentemente recostado en la puerta de entrada; o se fijaban direcciones indicando que la casa estaba al lado de la tienda de la señorita Hortensia Ortiz. 

La ciudad se extendía de San Sebastián a San Blas y de la Calle Larga hasta la iglesia de María Auxiliadora. El resto era todavía campo por descubrir, sea para ver la ciudad desde Cullca, mientras el sol y el viento nos daban en la cara, o ir a la laguna de Viskocil, a remar, después de un largo trecho por un camino angosto y polvoriento. 

Era, entonces, Cuenca, un paraíso de la libertad. Se podía caminar en la noche sin riesgo alguno, cuando había terminado la kermesse del colegio y la ruta nos trasladaba desde Pumapungo a la Gran Colombia. Atravesar el Parque Calderón poco iluminado, cuando se terminaba la función de la noche en el cine, permitía abrigar en el fondo del corazón esa sensación de pertenencia por partida doble: esta ciudad es mía, pero también yo soy de esta ciudad.

No se necesitaban profesores contratados para aprender a manejar. Algún amigo lo tomaba a cargo poniendo a disposición el viejo vehículo de la familia, hasta que el “camarón” estaba listo para derrapar en la curva del estadio, todavía cubierta de lastre. 

Las familias y los individuos se identificaban fácilmente con el apodo: se sabía quienes eran los chivos, los monos, los huagras, los pájaros. No se necesitaba un nombre para identificar al “flaco” Malo o al “venado” Ramírez. 

La ciudad era lo mejor del mundo: teníamos los mejores cuyes, el mejor clima, el agua más pura, las mujeres más lindas, la Catedral más imponente. No emocionaba el Himno y sabíamos cantar el “Dulce Jesús Mío” y “De rodillas, Señor, de rodillas...”, pero también la “Chola cuencana” y “Gotas de ajenjo”.

Había, en suma, una identidad: algo que unía indeleblemente, más allá de las diferencias. 

Publicado el  18 de marzo de 2015

http://www.eltiempo.com.ec/noticias-opinion/10423-identidad/

miércoles, 11 de marzo de 2015

Dos minutos

Ahora que se acaba de presentar el nuevo Watch de Apple y que se ha vuelto el nuevo “objeto del deseo”, queda patente otra vez esa intensa relación que tenemos los humanos con el paso del tiempo.

El asunto está en que el tiempo es el primer manipulador. Por ello, a buena hora recordamos más lo bueno que lo malo y creemos firmemente que lo pasado fue mejor. Sin embargo, somos permanentemente engañados y no podemos recordar si un viaje fue hace cinco u ocho años, o si un amigo murió hace diez o doce. El tiempo, el implacable, el que pasó, en palabras de Pablo Milanés, está siempre jugando con nosotros.

¿Quiere usted verse realmente confundido? Bastan los siguientes ejemplos:

Supongamos que la edad que usted tiene es de alrededor de 50 años. Siendo así, Cleopatra, la reina del Nilo, aquella que volvió locos a Julio César y Marco Antonio, está 500 años más cerca de usted que de la construcción de la Gran Pirámide de Guisa. Para complicar la cosa, algunos mamuts que habían sobrevivido al inicio de las civilizaciones, todavía vivían cuando esa Gran Pirámide  estaba en construcción.

Los amantes del cine conocen muy bien a Steven Spielberg, el director y productor que, entre otros filmes, nos trajo  “Parque Jurásico”. El amor a los animales y la ignorancia –por supuesto- llevaron a que muchos despotricaran contra Spielberg en las redes sociales, tratándolo de asesino y criminal por haber matado a un triceratops, ante el cual posaba en una fotografía. El animalón era una réplica usada en su película pues los últimos triceratops murieron hace 65 millones de años. Pero los primeros dinosaurios están a 150 millones de años de nosotros, esto es tres veces más lejos que la bestia muerta por Spielberg.

Hemos pasado del primer vuelo en avión a un viaje a la luna en menos de 66 años, pero Francia usó la guillotina por última vez en 1977, a dos siglos de la Revolución Francesa.  La población del mundo se ha duplicado en los últimos 45 años, y todavía existen ballenas que vivían cuando se escribió Moby Dick (si los japoneses no las han matado).

Todo esto puede entenderse cuando comprimimos la historia de la Tierra en un solo año:  la humanidad habría aparecido a las 11 y 58 de la noche del 31 de diciembre. En la gran historia del Universo hemos estado presentes solamente dos minutos, en los que han pasado tantas cosas. 

Así de pequeños somos.

Publicado el 11 de marzo de 2015

http://www.eltiempo.com.ec/noticias-opinion/10393-dos-minutos/

miércoles, 4 de marzo de 2015

Cat Stevens

Aparece surgiendo de la bruma de los años: allí está, canoso, barbado, con unos anteojos oscuros que no permiten verle los ojos. Viste sencillamente y se acompaña de una guitarra. Tiene ya 66 años y, al salir al escenario de Viña del Mar, una ligera sonrisa se dibuja en su cara.
Es Cat Stevens, el famoso cantante y autor de los años 60 y 70, londinense de nacimiento, hijo de madre sueca y padre griego-chipriota, que tomó un camino impensado en el más alto nivel de su fama: se convirtió al Islam y abandonó la música. Hoy se llama Yusuf Islam.
Cat Stevens marcó a una generación por la calidad (y calidez, como se diría ahora) de su música. Sin renegar del rock que le impulsó inicialmente, compuso canciones que reflejaron la situación de un mundo complejo y cambiante, en que se enfrentaban diferentes posiciones y que nunca más volvería a ser el mismo. 
En “Father and Son” la letra reflejó la tensión generacional entre el padre que pide a su hijo que lo tome con calma, busque una chica y se case, “pues mírame, aunque soy viejo, soy feliz”, y el joven, que recibe la orden de escuchar cuando necesita expresarse.
Cat Stevens reflejaba ya un inmenso mundo interior en obras que se han vuelto himnos de positivismo, como “Morning has broken”, en que pone en evidencia que cada día es un nuevo inicio. Una traducción libre diría: “Ya ha amanecido/como en la primera mañana/un mirlo ha cantado/como la primera vez/... dulces caen la lluvia/ y el rayo de sol/Agradece por la suavidad del jardín húmedo/que vienen nuevos desde el Creador”.
La televisión mostró en Viña a mucha gente que tenía lágrimas en los ojos: ¿Recuerdos de la juventud ya perdida? ¿Impacto de letras como la de “Triste Lisa”? ¿Reconocimiento de que Cat Stevens tuvo razón cuando cantó, en 1970, que este es un Mundo Salvaje al que es difícil enfrentar sólo con una sonrisa? No lo sé...
En un escenario donde el día anterior un cantante de bachata apareció en la cama con unas chicas para llamar la atención y “consagrarse”, fue reconfortante ver a Cat Stevens, que no necesita ninguna consagración. Cuando el presentador le dijo, al terminar, que el público esperaba más canciones, Cat sencillamente preguntó: “¿Podría cantar dos más?”
Este hombre vivió con nosotros una juventud llena de cambios y esperanzas. Su música nos acompañó cuando entregamos las cenizas de un amigo a los arroyos del Cajas. Fue bueno verle de nuevo y recuperar un mundo que parecía ya perdido.

Publicado el 4 de marzo de 2015

http://www.eltiempo.com.ec/noticias-opinion/10363-cat-stevens/

miércoles, 25 de febrero de 2015

Cansados

Todo parece girar alrededor del mismo programa, día tras día: sentimos que somos nosotros solamente en el momento que vamos a dormir y que una nueva jornada ha concluido.

Estamos efectivamente alienados, en el sentido propio de la palabra: somos ajenos a nuestro yo y a nuestro entorno. Estamos envueltos en lo que el filósofo alemán de origen coreano, Byung-Chul Han, llama “la sociedad del cansancio”.

La existencia actual requiere una producción invariable: las obligaciones para el sostenimiento personal y de la familia suponen un ejercicio del trabajo que mantenga un ritmo que lleve a un flujo de ingresos constante, única forma de sostener un nivel de vida que podríamos llamar “decente”.

El empleado que labora bajo la dependencia de un empleador logra el pago de una remuneración esperada, grande o pequeña. El futuro, mísero u holgado, está, podríamos decirlo, “asegurado”.

Es distinta la situación del trabajo independiente, profesional o técnico, basado en las capacidades individuales y en la necesaria prestación de servicios a terceros. El panorama se presenta distinto, pues el trabajador, supuestamente independiente, depende ahora de su propia gestión y capacidad para obtener clientes.

Si éstos son pocos, se presenta de inmediato la frustración y la angustia. Si los encargos son muchos, y lo dice el mismo Byung-Chul Han, aparece la autoexplotación del trabajo, que lleva a un cansancio infinito sin posibilidad alguna de liberación, pues no hay poder ante el que rebelarse.

El hombre se ha movido, dice el pensador alemán, desde la “sociedad disciplinaria”, en la que el individuo está sujeto a la prohibición y a la norma, para pasar a una sociedad de “emprendedores de si mismos”.
La actual propuesta formativa busca que los profesionales jóvenes no esperen ser asalariados sino creadores de fuentes de trabajo; esta visión trae implícita la posibilidad de una frustración casi inmediata al enfrentar dos condiciones absolutamente contrarias: no tener nada que hacer o hacer demasiado.

Byung-Chul Han lo manifiesta: “A la sociedad disciplinaria la rige el ‘no’ y su negatividad genera locos y criminales. La sociedad de rendimiento, por el contrario, produce depresivos y fracasados”.

¿Es la promoción de las ciencias sociales: el arte, la historia, la música, la filosofía, la literatura, el antídoto al cansancio y a la alienación?

Publicado el 25 de febrero de 2015

http://www.eltiempo.com.ec/noticias-opinion/10332-cansados/

miércoles, 18 de febrero de 2015

Al aire

“De Pablo para Claudia”, “de Claudia para Pablo”: los mensajes en la radio han sido –son- una forma de comunicar muchos sentimientos y noticias. Es verdad que cada una de las radios tenía un grupo prefijado, lo que hoy los profesionales de la mercadotecnia dirían “target” y, por ello, unas se dedicaban a los enamorados quinceañeros que se enviaban besos, a veces tras seudónimos, otras con los nombres reales, como una forma de hacer pública una relación juvenil.
La radio Musical mantenía la especial atención de este grupo adolescente en horarios que se seguían con mucho cuidado: un nombre equivocado, una referencia inexacta podían ser lo suficientemente grave para que terminara la relación recién iniciada.
Otras radios se especializaron en poner canciones “al aire”, como se decía, a pedido de las llamadas que hacían los radioescuchas. Éstas, para una emisora que se precie, debían ser hechas de viva voz, temblorosa de quien llamaba, y estentórea del locutor, que abusaba de la invisibilidad para impactar con la profundidad del habla que presumiblemente ocultaba una figura canija y desagradable. 
La radioyente debía usar la frase sacramental: “¿Me puede complacer?”, que hoy podría llevar a respuestas procaces y chistes subidos de tono. En ese momento el locutor se dirigía a un supuesto “ingeniero”, al que pedía buscar en seguida el disco que sonaría a continuación, en la extensa discoteca de diez mil volúmenes que formaba parte del tesoro de la emisora.
Otras radios se dedicaron exclusivamente a las noticias del agro y a la lectura de mensajes cifrados que indicaban que todo iba bien en el lugar donde trabajaba el hijo mayor, y en ciertos casos, a la llamada urgente y pesarosa, porque “el padre se encuentra delicado” y es necesaria la presencia familiar.
Los artistas de la clase que fueren y de cualquier lugar del mundo, debían pasar por la radio y transmitir su arte en directo. Ésta podía ser Radio Cristal con la presencia de Julio Jaramillo, o la BBC de Londres, con los Beatles. Entonces el programa tenía de entrevista, anécdotas y música, pero en directo, cuando no era posible utilizar trucos electrónicos para componer la voz o el olvido de una letra, que quedaban flotando en las ondas hertzianas y en las grabaciones que inmortalizaban el momento.
La frase más conocida de la radio popular fue aquella, telegráfica, conque se anunció: “Mañana ésa. Taraste en el desvío con las bestias”, dirigida al Juan o al Manuel, que recibiría al recién llegado y a su familia para el largo trayecto hacia la hacienda. 
El teléfono celular, hoy indispensable, también acabó con esto.

Publicado el 18 de febrero de 2015

http://www.eltiempo.com.ec/noticias-opinion/10301-al-aire/

miércoles, 11 de febrero de 2015

Para sobrevivir

Primer día en el colegio: los chúcaros están asustados en el extremo del patio. Por allí hay uno que se siente avergonzado porque su mamá ha venido a dejarle.

Toca la campana y todos se dirigen a las aulas. Las miradas van de uno a otro lado del cuarto para ver si aparece alguien conocido. En una de las bancas más alejadas está un muchacho que viene de la misma escuela: habrá que reunirse con él en el recreo y compartir algunas ideas para sobrevivir a este primer día de clase. Sin embargo parece que tiene otros amigos, antes nunca vistos.

La necesidad de subsistir en este mundo extraño lleva a que el grupito se reúna después de la clase: “¿De dónde vienes?, Yo, de la escuela Borja; yo, de la Federico; yo, de la Luis Cordero.”

La salida del colegio da la oportunidad de conocer algo más de estos nuevos amigos: éste vive en la Calle Larga, el otro en la Mariano Cueva y el de más allá en la bajada del Centenario. El último vino en bicicleta, pero la lleva a un lado, sin montar.

Se acercan otros jóvenes: uno de los compañeros les presenta como primos. El alto está ya en el segundo curso del Benigno Malo y el más chico en el primero del Técnico Salesiano. El recién llegado, que es también el más sabido, propone ir a la salida de las Catalinas, en la calle Sucre.

Ante esta propuesta, a varios de los presentes les baja un sudor frío desde la nuca: ¿Ir a ver chicas así, de golpe? Son muchas emociones para un solo día. 

Otro propone: hagamos un programa para jugar fútbol en la cancha del Orientalista, que tengo un amigo que me la presta. Podemos vernos allí el sábado a las ocho. El mayor bromea “pero no vendrán chuchaquis”.  (¡?)

Las inquietudes son las mismas: ¿Entendiste algo del viejo de matemáticas? El nuevo dirigente del curso  parece buena gente pero el de educación física nos va a sacar el aire: en unos días más dijo que nos hará boxear...

Son casi las cinco de la tarde de una jornada doble, como se estila. Hay que ir a la casa para preparar algún deber para mañana. La frase de despedida: dejaránse ver, parece que nace de un acuerdo pactado.

En la casa, ante la pregunta de la familia, la respuesta es simple: “ya tengo una jorga”. Todo está resuelto.


http://www.eltiempo.com.ec/noticias-opinion/10270-para-sobrevivir/

Publicado el 11 de febrero de 2015

miércoles, 4 de febrero de 2015

Recién llegados

Corren los años setenta. Muchos jóvenes han viajado fuera del país, de intercambio o para trabajar, aprovechando que las visas se consiguen fácilmente. Su retorno a casa les pinta distintos a lo que fueron al abordar el avión de Ecuatoriana o de Braniff que les llevó a tierras del Norte.

Las maletas traen cosas que en Cuenca no pueden conseguirse, especialmente discos de vinilo, de aquellos de 33 revoluciones por minuto, con música que se oye fuera y que aún no ha llegado. 

Los amigos se reúnen para “examinar” al recién llegado y escucharle contar sus aventuras y desventuras. Uno de los viajeros usa un afro que muestra su paso por una peluquería extranjera, que manifiestamente no es igual a la del señor Tobar o el señor Garzón. Cuenta que ha trabajado en Nueva York en un restaurante que se llama “The Dove” ( o “La Paloma”)  y las risas no se hacen esperar: las frases de doble sentido aparecen prontamente. Describe Battery Park y la Estatua de la Libertad, pero también el invierno crudo, solitario, gris y monótono, que le hizo añorar tanto a su tierra. Para matizar pone en su tocadiscos un disco de Cat Setevens.

Meses después otro de los amigos llega de un lugar mágico: San Francisco. Hace poco ha pasado el “Verano del amor” y, por poco, no ha estado también involucrado en la explosión de hipismo y música. Sin embargo tuvo oportunidad de estar en la esquina de Haight y Ashbury, epicentro del  movimiento que piensa cambiar el mundo. Este recién llegado trae el pelo largo, pantalones campana, cuello tortuga y un medallón que dibuja el signo de la paz. Sin necesitarlos, usa unos lentes redondos, de abuelita, con vidrios azules.

Habla del amor libre, los periódicos “underground” donde escriben los mayores pensadores universitarios de la época y se ven también caricaturas irreverentes que le dan muy duro a Richard Nixon, ya calificado como Ricardito el Tramposo, presidente de los Estados Unidos. Como si mostrara un tesoro, saca de una bolsa un legajo de papel de fumar, para envolver tabaco y algo más. El papel lleva impresa la bandera norteamericana.

Como el anterior amigo, también para matizar ha puesto un disco: Scott McKenzie canta “Si tú vas a San Francisco/ asegúrate de llevar flores en tu pelo/el verano será/ una celebración del amor…”
Uno de los dos amigos hoy está muerto. Las historias que ambos contaron fueron una mezcla de ingenuidad, descubrimiento y libertad. 

Eran otros tiempos.

http://www.eltiempo.com.ec/noticias-opinion/10238-recia-n-llegados/

Publicado el 4 de febrero de 2015