miércoles, 18 de junio de 2014

Elogio del jugador amateur

En cada periódico o revista que se abren aparecen noticias más o menos como ésta: “el equipo X cuesta 200 millones de dólares, el equipo Z solamente 150”. El Mundial de fútbol no ha hecho más que recordarnos que la fama puede medirse en cifras.

El fútbol es el deporte más popular del mundo, es verdad. Todos seguimos día tras día el devenir de los partidos, aún de aquellos que intrínsecamente no tienen mayor interés y que, sin embargo, se ven en la televisión con una especie de malgastada devoción. 

Muy lejos están el juego en una cancha de barrio o la del viejo colegio, encharcada y llena de lodo, donde se jugaban partidos épicos que podían terminar inclusive en golpes, que se curaban de inmediato con el abrazo forzado, y obligado por los demás compañeros de ambos equipos.

El fútbol era, en el fondo, un asunto que servía para muchas cosas: compartir con los amigos, hacer ejercicio, sacar el exceso de hormonas del cuerpo juvenil, y sobre todo divertirse. Siempre hubo un amigo que recorría casa por casa en alguna vieja camioneta de paila, desde las ocho de la mañana del domingo, tratando de armar el equipo mientras algunos de los jugadores manifestaban su intención de no moverse de la cama después de una noche de farra. 

En todo caso, si el juego se armaba en una cancha del cuartel inclusive podía completarse el equipo con unos conscriptos de buena voluntad.

De vez en cuando encontrábamos a algún viejo, pero todavía fornido jugador, que enseñaba que presionar al contrario con el hombro no era de ninguna manera un “foul” sino una forma varonil de disputar el balón. No faltaban jamás las malas palabras para enfrentar a un árbitro que, en medio de un interjorgas, ante el reclamo de apoyo del juez de línea respondía: “Compórtese, ¡viera lo que me están diciendo a mi!”, y el juego continuaba, aunque con alguna que otra tarjeta roja.

 Al final del día, el cuerpo adolorido era la mejor demostración de que se había dejado todo en la cancha y que posiblemente en una próxima oportunidad, y con algo de suerte,  estaría la novia joven de espectadora en algún partido.
Cada partido, cada pérdida o triunfo sirvieron para formar la personalidad que aparecería después: ser humilde en la ganancia y altivo en la pérdida.

¿Cuánto costaría un equipo así en entrega, valentía y amor a la camiseta? Seguro que bastante. 

Publicado el 18 de junio de 2014

miércoles, 11 de junio de 2014

Sombreros cuencanos en Roland Garros

Allí está la cancha: el color de la arcilla es rojo intenso. Por su parte los jugadores visten discretamente, ambos con camiseta de manga corta, lo que hoy se llama un polo. El cielo de Paris muestra un profundo azul que se mantendrá durante las tres horas del partido.

Uno de los jugadores proviene de la isla de Mallorca, en España y, como tal, tiene un rostro que parece familiar. El otro ha llegado desde las extrañas tierras de Serbia y es, a todas luces, un balcánico. En las gradas la gente levanta banderas discretamente y mantiene un sepulcral silencio cuando el jugador se acerca a la línea de servicio para iniciar el punto.

La batalla deportiva es brutal: juegan la técnica, la fuerza, la colocación, la concentración, la fortaleza física y mental.  Asisten 15.000 personas pero en la cancha  los tenistas están totalmente solos, dependiendo de si mismos y nadie más.

La televisión muestra escenas que se fijan en cada marca, en cada bote, en cada señal que deja la pelota. La cámara está también, como por arte de magia, suspendida en el cielo, y define las figuras desde arriba. Aparecen las blancas líneas marcadas, los jueces y el público.

Este partido de tenis, la final de Roland Garros, nos da, sin embargo, una nueva emoción que no es el drive poderoso, el servicio que se convierte en as, o el toque admirable que aquieta una pelota que viene a 200 kilómetros por hora.  Es que las gradas están llenas de aficionados con sobreros de paja toquilla. Si, ¡de los nuestros! 
Pueden verse no solamente en el paneo de las cámaras a nivel de la cancha sino, sobre todo desde arriba, y son cientos.
La mayoría de quienes los usan se encuentra en los lugares más importantes de los graderíos, pues mientras más suben éstos, más aparecen las gorras de visera.

Nuestro típico sombrero de paja ha seguido un largo camino desde las manos callosas de los tejedores de Gualaceo o Montecristi, hasta llegar al cenit de la moda en la Ciudad Luz. Y relucen, blancos, con fajas rojas, verdes y azules. Las revistas deportivas escribirán al día siguiente que Rafael Nadal, el español, ganó su noveno torneo de París, uno de los del Grand Slam, pero dirán también que los espectadores usaron sobreros que vienen  del Ecuador.

El partido fue emocionante y lo fue más ver  nuestros sombreros en este espectáculo mundial, derrotando al plástico y a las fibras sintéticas, como muestra de una obra personal y única. 

Publicado el 11 de junio de 2014

miércoles, 4 de junio de 2014

García Márquez: la música de la "x" a la "b"

Cuando García Márquez pidió a Totó la Momposina que le acompañara a la Academia Sueca del Nóbel,  se llevó consigo a Estocolmo  la fusión andina-caribe de la cultura colombiana.

Ese extraño nombre, Mompox, no se parecía a ningún otro: una denominación geográfico terminada en “x”, en un país como los nuestros, no es nada común. Lo cierto es que esa ciudad que se llama la Villa de Santa Cruz de Mompox tiene casi 480 años de existencia y está, como no podría ser de otra manera, en la antigua Gobernación de Cartagena.

García Márquez amó los vallenatos, esa otra música, romántica y tristona, en que el acordeón tiene figura predominante. El vallenato transmitía las imágenes de la vida cotidiana de los pueblos de Valledupar y de todo el Caribe. No llegó a nosotros sino mucho después que la cumbia, el porro y el guapalé, que se bailaban en las fiestas juveniles, siguiendo un orden muy estricto: primero las cumbias, que incluían  toda la música tropical, después los boleros (que poco a poco fueron reemplazados por las baladas) y por último la música nacional.

Los libros volvieron universal a García Márquez, lo que significó no solamente que todos le conocieran sino que él mismo consideró que debía conocer el mundo. Este requerimiento interior englobó también la música y, como tantos, empezó tal vez por lo más fácil: escuchar a los barrocos, brillantes y sensitivos, transmisores de sonidos casi gráficos. Y siguió, casi como en una letanía, con la letra “b”. Vinieron después Bach, Beethoven, Brahms y Bartók.

No podía ser de otra manera y, antes de pasar a la siguiente letra del abecedario, García Márquez conoció también a los Beatles.

Quedó fascinado, primero con la música y luego con la letra de estas canciones, escritas tan lejos del Caribe y, sin embargo, tan cercanas: le impresionó especialmente la soledad que transmitía Eleanor Rigby y equivocadamente dio a John Lennon más crédito en su creación que lo que correspondía, olvidando a Paul McCartney.

En 1980 García Márquez escribió con maestría: “la única nostalgia común que uno tiene con sus hijos son las canciones de los Beatles.” Sin embargo se quedó corto: esta nostalgia se transmite también a los nietos. 

Publicado el 4 de junio de 2014

miércoles, 28 de mayo de 2014

¿Nos entendemos?

“Señorita: envíele inmediatamente un memo al file”. 

“¿Qué dice, señor?”. 

“Es que no es posible que este trader, que quiere ser miembro del staff, no sepa ni siquiera sortear la información del Excel”.

Si usted trabaja en un banco las frases antedichas le serán comunes; en caso contrario, no entenderá de lo que hablan.

Es sabido que el idioma es un ser vivo que cabalga, a veces, y repta, a veces, mutando permanentemente. La lectura de un libro en castellano antiguo nos es imposible; a la vez, utilizamos términos de moda, para estar “in” también nosotros.

Volver al origen de las palabras es siempre necesario para definir sus conceptos. Usarlas, en su sentido real y obvio, muestra claridad y precisión.

Hace unos días un alto funcionario ha manifestado que, en una próxima e importante reforma legal, debe desterrarse el uso de los términos “servicio doméstico” por peyorativo. El latín, una de las fuentes del castellano, define “domus” como perteneciente a la casa o al hogar. 

Ha dicho también  que en el nuevo Código del Trabajo no se hablará de la “inversión de la carga de la prueba”, -cuando  el empleador debe demostrar el cumplimiento de las obligaciones laborales- sino de la “reversión” de la prueba. Bastaría que el funcionario lea el diccionario a que sepa que revertir es volver una cosa al estado anterior, e invertir es cambiar algo, sustituyéndolo por lo contrario.

No es de ahora, sino de siempre, el tema de trocar el nombre de las cosas buscando que éstas parezcan distintas. Llamar a un preso como “PPL” o “persona privada de libertad” no cambia su triste situación y el horror de la cárcel; es, además, muy feo.

La lengua tiene un objeto fundamental: quienes la usan deben entenderse. Esto es todavía  más importante cuando debemos comprender una ley.

Sin embargo, parece que no podemos esperar mucho si la propia legislatura, en una importante reforma de última data, dice:  “la información que reposa en el Registro Mercantil es de carácter pública”. No nos asombremos que a nivel popular se diga entonces “una camisa de color roja”. 

Publicado el 28 de mayo de 2014

miércoles, 21 de mayo de 2014

Mundial de fútbol y raza humana

Estamos listos para ver el Mundial de fútbol. Bueno, no todos, pues hay personas que, con su derecho, tienen  poco o ningún interés en este deporte. Sin embargo, al igual que sucede con otras manifestaciones multitudinarias, el fútbol muestra diferentes caras.

Allí tenemos a la presidenta Dilma Rouseff  que enfrenta a grandes manifestaciones que protestan por los gastos que supone esta cita: las cifras dicen que mucho más de 14.000 millones de dólares.

Por otro lado, están los niños y sus padres, que se reúnen en centros comerciales a cambiar cromos de los álbumes, las agencias de viajes que organizan travesías relámpago y los que venden televisores.

El fútbol muestra, entre otras cosas, una globalización de personajes impensada hace años: el estereotipo del individuo y el país al que pertenece no se mantiene más.

Holanda jugará con holandeses que no son los “típicos”, si es que se les puede llamar así. En el fondo la pregunta es esa: ¿quién es hoy el “típico” del país? La respuesta es fácil: todos los son. La globalización ha llevado a que Zinedine Zidane, nacido en Marsella de origen argelino, haya sido la figura rutilante de una Francia en el mejor momento.

Apoyamos a nuestra Selección  hasta el delirio, esperamos sus triunfos y tenemos puesta la camiseta. Su composición muestra también la diversidad ecuatoriana. Una enciclopedia fija la siguiente descripción: “individuo de la región de Calabar, provincia nigeriana, famoso por su carácter indómito”. Su gentilicio es Carabalí, el que lleva en el dorso uno de los nuestros.

Esta cita mundialista nos lleva a recordar las Olimpiadas de Berlín, en 1936, cuando Jesse Owen ganó cuatro medallas de oro. Preguntado si se sentía orgulloso de su raza –pues era un atleta de color- Owen contestó: “Si, por supuesto, ¡de la raza humana!”

Vamos a tener un extraordinario espectáculo deportivo: cada uno apoyará a su país o al que le guste más. En el fondo, veremos a la humanidad completa. 

A propósito: el padre de Dilma es búlgaro. 

Publicado el 21 de mayo de 2014


miércoles, 14 de mayo de 2014

Albiona secuestrada y vendida



Posiblemente pocos conocen que Nigeria es un país africano tres veces y medio más grande que el Ecuador y que tiene casi 166 millones de habitantes. Tiene 250 grupos étnicos distintos y también petróleo.

Entre los millones de nigerianos hay una niña de diez años que se llama Albiona y que podía llamarse Jennifer o Candy: los nombres muestran el rezago de la época  colonial británica.

Allí está, con su túnica colorida y amplia, en el patio de la escuela. De repente oye los vehículos y ve a los hombres armados, que la empujan  al igual que a las demás. Pronto está dentro de un camión sin poder contener las lágrimas. Albiona no vuelve más a casa. El mundo ha sido, en ese momento, golpeado directamente en la cara.

Probablemente en el siglo XVIII algún antecesor de Albiona fue llevado en los barcos negreros que saquearon sus costas;  sus parientes podrían estar hoy en los Estados Unidos, en el Chota o en Esmeraldas.

Albiona no ha seguido una suerte distinta: fue secuestrada hace unos días, con 233 chicas más y no se sabe su paradero. Lo que si se sabe es que un grupo que se hace llamar Boko Haram ha reivindicado este secuestro y que ha resuelto vender a Albiona y a las demás a una red de prostitución. El futuro de esta chica de ojos grandes es simplemente el mismo que el de sus antecesores pero con tres siglos de diferencia: está condenada a la esclavitud.

El secuestro ha vuelto a desnudar la situación de millones de niños en muchas partes del mundo, que viven en condiciones de inseguridad y de riesgo de muerte. Pero, a la vez, nos muestra que si Albiona puede ser vendida para la prostitución es porque existe, en algún lugar del África, un individuo –no sé que nombre podría dársele- que está dispuesto a yacer con una niña de diez años. 

Ese hombre repugnante podría ser  un africano, pero tal vez es europeo, asiático o de cualquier otro lugar: el turismo sexual mueve millones de dólares.

Ante lo sucedido queda solamente una sensación de náusea y de impotencia. Con un elemento más: el presidente de Nigeria se llama “Goodluck”. ¿Es que solamente podemos confiar en la “buena suerte”?  


Publicado el 14 de mayo de 2014

miércoles, 7 de mayo de 2014

Se ha ido un vecino

La página editorial de un periódico es como el barrio. Distintas personas –y personalidades- conviven en un espacio cercano; cada una de ellas tiene posiciones individuales y una personal forma de ser. Algunos escriben de política y otros de literatura; el de más allá, incisivamente refiere lo que sucede en la ciudad y otros apoyan o denuestan al Gobierno.


Cada día un vecino tiene algo que decir: a veces está triste y, otras, alegre.  Las conversaciones se presentan sobre todos los tópicos: se habla de música o de límites provinciales, del tranvía o del museo en ruinas. Describe la frustración de la democracia o la esperanza de un mejor futuro. A veces siente que tiene más que exponer pero una sombra ominosa parece impedirlo.

Llega un día en que alguien se va del barrio: se retira porque no tiene más que decir, porque no soporta la presión de la hoja en blanco, porque ha resuelto hacer otras cosas. Lo triste llega cuando uno de los vecinos de página se va porque se ha muerto.

Entonces queda una columna en blanco. Algo falta y es imposible reemplazar: el estilo, la propuesta, el contenido de cada palabra, en suma, el lago o el volcán del pensamiento, único e individual, se han ido.

En las cátedras de literatura se practica el ejercicio de escribir como Borges o García Márquez, Juan Ramón Jiménez o García Lorca. Si vamos al periodismo, se trata de redactar como Oriana Fallaci o Pérez-Reverte. En todo caso son solamente máscaras para asumir la personalidad de otro: ninguna similitud con mostrarse de frente y sin antifaces.

En este mismo Diario estamos sintiendo la partida de Roberto Senese, un hombre al que muchos leyeron. La página editorial de un periódico se visita menos que los deportes, el social o la farándula, es verdad, pero en ella están la esencia del barrio, la ciudad y el mundo.
Abrir la página editorial en el día previsto y no encontrar la columna esperada, causa una sensación de vacío y de pena: eso ha sucedido con la ausencia inesperada y temprana de Roberto Senese.

Hemos perdido un vecino que buscó la profundidad espiritual y se jugó por la bondad humana. Me apena, además, porque la Iglesia Católica perdió un intelectual, necesario en tiempos que la vacuidad campea.

Roberto se fue del barrio muy pronto. 

Publicado el  7 de mayo de 2014