miércoles, 27 de abril de 2016

La reina y el terremoto

Muchas fotos han aparecido en los diarios en días anteriores. Edificios y casitas pobres destruidos; madera, cemento, hierro, tirados en calles polvorientas donde no se ve a nadie.

También están las imágenes de la gente que sufre: la que llora por un hijo que ha muerto; la que tiene un rictus de desesperación, mientras permanece frente a lo que fue su negocio de ferretería, su tienda de abarrotes, su heladería, su casa.

Otras fotos muestran un grupo de rescatistas que se abrazan, arrodillados, antes de empezar su dura tarea; voluntarios que cargan decenas y decenas de botellas de agua y paquetes de alimentos. Impacta el rostro de la niñita cubierta de polvo, que va en brazos de un bombero que la ha sacado de su tumba de cascotes y le ofrece una nueva vida.

Entre tantas fotos hay una que muestra una joven morena que viste un biquini rosado y posa cerca de una palmera. Tiene una sonrisa ligera y sus ojos oscuros miran de frente. Ha posado su mano en la cadera, en una pose coqueta, de reina de belleza.

Está de pie al borde de una piscina y el paisaje que le rodea muestra verde exuberancia.

Su nombre, desconocido, hoy aparece en los titulares de la prensa. Las redes sociales muestran que tiene una página de Facebook y diarios del Perú se refieren a su historia.

La imagen es, claramente, de una chica que sabe que tiene todo por delante: tal vez no solamente  el reinado de belleza de un barrio o de una ciudad, sino aún más. Posiblemente tiene novio y planes para la universidad.

Los datos no dicen si viene de lo que se llama “una familia pudiente” o ha sufrido la pobreza. Tampoco se conoce si trabaja  o estudia, o si vive con sus padres o con una abuelita que la cuida desde que era pequeña.

Una noticia paralela aparece en los medios: “la reina de Pedernales no murió en el terremoto”. Los que hemos visto la foto de la chica morena sentimos cierto alivio, aunque jamás la hemos conocido. Pero la noticia no termina allí: Helen, la reina de belleza de Pedernales, no es la de la fotografía. La que aparece se llama Karla y si está muerta. Nunca fue reina de Pedernales, pues no ganó el concurso.

Karla, como tantos otros, es solamente un recuerdo en la mente de quienes la quisieron. Si ganó el concurso o no, carece de importancia.

Publicado el 27 de abril de 2016
http://www.eltiempo.com.ec/noticias-opinion/12229-la-reina-y-el-terremoto/

miércoles, 20 de abril de 2016

¡Cómo escribir!

Ante lo sucedido en las provincias de Manabí y Esmeraldas el día sábado pasado, ¿qué se puede escribir?

¿Podemos seguir escribiendo de recuerdos de la infancia y de la juventud, de momentos felices, cuando vemos tan cerca la desgracia y el dolor?

¿Se puede opinar de filosofía, de música, de política, cuando se ha mostrado tan de frente la fragilidad de la vida?

¿Se puede seguir creyendo que somos un país que superó la pobreza y la desigualdad, cuando vemos que la gente pierde todo y que no tendrá la posibilidad de recuperarse?

¿Es posible abstraerse de la información que llega a borbotones y que trae la imagen de un padre que grita el nombre de su hijo en un agujero en medio de toneladas de cemento, con la esperanza de escuchar su respuesta?

Este momento de tragedia muestra lo peor y lo mejor: mientras hay voluntarios que viajan a Pedernales, Canoa o Muisne, sin pensar en si mismos, hay otros – cómo poder nombrarlos- que asaltan y roban un camión de víveres y medicinas. 

En la casa más pobre la madre de familia toma de la mesa una lata de atún o de sardinas, que será la comida del día, para entregarla a otros que la necesitan más.

Las redes sociales dejan de servir para el meme o el chiste fácil para ser el contacto que puede salvar una vida, buscar un remedio, trasladar a una niña herida al hospital, escuchando el angustioso llamado que hizo su padre.

Nos duelen las fotos que publican “ella salió de Loja a Portoviejo el viernes ¡ayúdenos a buscarla!”, sobre un texto escrito con dolor y con sangre. 

A la vez, el enorme movimiento de respaldo, espontáneo, sin coacciones, desorganizado a veces, muestra que el ciudadano común, el que va a la oficina, el que asiste a clase, el que trabaja en la fábrica, siente como suyo lo que ha pasado. 

La desgastada palabra solidaridad vuelve a tener su significado prístino de solidez; es el lazo que une los destinos de dos personas que no se conocen, cuando la ayuda brota sin pedir nada a cambio, ni siquiera la fotografía que trae el  “reconocimiento” a un acto privado, en que el individuo debería encontrarse a solas con su conciencia. 

Publicado  el 20 de abril de 2016
http://www.eltiempo.com.ec/noticias-opinion/12204-a-ca-mo-escribir/
Foto tomada de la página web de Ecuavisa

miércoles, 13 de abril de 2016

En tu época había ...

¿En tu época había televisión? ¿Había cine? ¿Había…?
Los que hemos pasado de cierta edad –eufemismo para decir que los jóvenes ya nos ven viejos- estamos sujetos a estas preguntas que suelen hacer los chicos; más aún si son los nietos, que tienen la confianza suficiente para poner en evidencia que las personas que tienen mas de cincuenta años nacieron cuando los dinosaurios poblaban la tierra.
Las librerías suelen tener unos libritos en formato cuadrado que tienen títulos sugerentes como “Los cincuentas” o “Los sesentas”. Llegan hasta a los años noventa y muestran todas las cosas que sucedieron en la década: en el arte, la política, la ciencia, el diseño.
Aparecen roqueros descamisados y con largos cabellos; los cines en 3D y el walkman para llevar la música a todas partes. Se muestra a un joven Johann Cruiff jugando en la selección holandesa cuando ésta era “la naranja mecánica”. Publica el afiche de la real “Naranja Mecánica” y de “Cien años de soledad”.
Se ve borrosa la imagen de Neil Armstrong cuando pone el pie en la luna el 20 de julio de 1969 y la foto de John John Kennedy, hijo del presidente, muerto en un accidente aéreo cuando pilotaba su propio avión.
Se ve a unos Beatles jovencitos llegando a Nueva York, donde les recibe una multitud, y unos Beatles maduros tocando en la terraza del edificio de Apple Records: tenían  algo así como veintiocho años. Aparece la otra Apple, la de Steve Jobs con la Macintosh con un ratón que permitía dibujar en la pantalla y el iPod que lleva todas las canciones posibles en un trocito pequeño de metal.
MTV dice “hola” en las pantallas y empieza el desarrollo del video musical. Se cae el Muro de Berlín. Aparece el fax en las oficinas. Los vehículos pierden el carburador, que demandaba que todos supiéramos algo de mecánica y surge la inyección electrónica.
El Douglas DC3 deja de volar y llegan el Boeing y el Airbus. Todos quieren tener un Palm Pilot y un teléfono Blackberry (es elegante pedir el pin), así como pasar de ver “Perdidos en el espacio”, en blanco y negro, a “La casa de la pradera”, a colores.

La lista puede ser larga: parece que “en nuestra época” había muchas cosas.

Publicado el 13 de abril de 2016

miércoles, 6 de abril de 2016

Las puertas de la mente

Cuando a finales de los sesenta del siglo pasado –qué lejos suena- Jim Morrison, estudiante de la UCLA (Universidad de California, Los Ángeles) resolvió conformar un grupo musical, pidió a Manzarek, Krieger y Densmore que le acompañaran en esta aventura.

Buscó un nombre y recordó que Alfous Huxley, el gran escritor inglés, había hecho referencia a unos versos de Wiliam Blake que decían: ““Si las puertas de la percepción fueran depuradas, todo aparecería ante el hombre tal cual es: infinito”.

Blake había escrito estos versos en su obra “Matrimonio del cielo y el infierno”, en el año 1790, y Huxley los reprodujo en su obra “Las puertas de la percepción”.

Utilicé esta referencia hace unos días en la presentación del libro de Ramiro Laso titulado “Universidad, humanismo y educación”, durante una mesa redonda que reflexionó sobre el actual sistema universitario.  

Si bien la frase de Blake reproducida por Huxley, que dio origen al nombre del grupo musical “The Doors” se refería a otros asuntos, la parafraseé para manifestar que la Universidad , con mayúsculas, debía ser una puerta hacia el conocimiento y que éste debería tender a ser infinito. Esta palabra puede causar temor: infinito, lo que no tiene fin. La actitud de la educación superior debe mantener su calidad de universal, sin limitaciones y sin dogmatismos.

Uno de los puntos de discusión de la mesa redonda tocó el nuevo sistema de control de las universidades del país, que busca que actividad académica pueda ser medida. Para ello se requieren rúbricas, portafolios y syllabus, que eran los “programas de estudio” en tiempos más modestos.

Se ha llegado a sostener que “no es importante que el profesor sepa, sino que el estudiante aprenda”, como si lo uno no estuviera fuertemente atado a lo otro. Posiblemente hoy se encuentran asistentes que ayudan a los profesores a cumplir con los trámites burocráticos y que, por supuesto, son incapaces de preparar una clase.

La Universidad no puede aceptar que sus “mejores profesores” sean los que se tornaron en burócratas que llenan eficientemente la papelería requerida,   en desmedro de  aquellos que abren las puertas en la mente de sus estudiantes. 

Publicado el 6 de abril de 2016
http://www.eltiempo.com.ec/noticias-opinion/12151-las-puertas-de-la-mente/

miércoles, 30 de marzo de 2016

Patio, traspatio y huerta

Una casa cuencana, de esas que se encuentran en el centro de la ciudad, contaba con patio, traspatio y huerta.

Cada espacio tiene su razón de ser y su uso particular: un zaguán lleva al interior de la casa desde la puerta de la entrada, que se abre y cierra con una llave de canuto. Por la parte interior una aldaba protege de la entrada de extraños en la noche. Después está el patio, con la grada que lleva al segundo piso.
El enamorado, que había pasado meses visitando a su novia en la puerta de entrada, sentía que las cosas iban adelante cuando le invitaban a pasar al patio. Subir la grada, al salón del segundo piso, supone una virtual aprobación del carácter casi oficial de la relación.

El patio tenía plantas de jardín cuidadas por esmero por la dueña de casa. A veces contaba una fuente, que casi nunca estaba en uso, hecha de mármol de la zona. 

Había una banquita para tomar el sol mientras se lee el periódico y las habitaciones lo rodeaban iluminándose en las mañanas de junio, cuando un sol pálido ingresa por el gran espacio central que enmarcan los techos.

El traspatio iba más allá: zona vedada para extraños, guarda todo lo que en la casa se usa una vez al año. En alguna habitación estaban las ollas para los tamales y la fanesca, y la tina de baño de madera que servía para recibir la ropa que venía del viejo lavador donde reposa un jabón azul añil.
Está, en una de sus esquinas, un cuarto cerrado, de esos que asustan a los chicos. Todo lo que sirve y todo lo inservible se encuentra allí. 

Un pequeño callejón lleva a la huerta: el paraíso privado de la vieja casa, donde están el árbol de higos, la piedra de hacer melcochas y el cantero de hierbas medicinales. Allí cantan al amanecer los gallos de pelea, esperando la traba que les llevará a enfrentarse. La tapia de adobe, vieja y casi derruida, divide este mundo de la ciudad. Los niños pueden jugar en los charcos y tener un conejo que, como tiene nombre, jamás irá a parar a la olla. 

 “El paraíso es la infancia”, pero es un paraíso que duró muy poco, solo el tiempo que tomó recorrer patio, traspatio y huerta.

Publicado el 30 de marzo de 2016
http://www.eltiempo.com.ec/noticias-opinion/12123-patio-traspatio-y-huerta/

miércoles, 23 de marzo de 2016

Fotonovela

Tengo un amigo que salió una vez en una fotonovela. Llevaba la revista en en el bolsillo de atrás del pantalón y la mostraba a todas las chicas que encontraba. En el fondo todos los demás le teníamos algo de envidia pues salir en una fotonovela en condición de galán no estuvo jamás a nuestro alcance.

Había sido escogido entre muchos por la publicación guayaquileña para que fuera fotografiado con unas guapas modelos en plan romántico. Este amigo, bien parecido, era lo más cercano a un actor de cine que habíamos visto y casi se codeaba con Ryan O’Neal, el de “Love Story”. 

Por supuesto, como toda fotonovela, la trama era más bien simple: el galán debía luchar por el amor de la muchacha en feroz combate contra una sociedad que no aceptaba la diferencia de clases entre los dos. Nuestro amigo era, sin embargo, el pudiente, el “noble” o conocido. Ella, guapísima, era la muchachita de  barrio que había sacrificado todo para llegar a donde estaba. 

Tratándose de una fotonovela, nuestro amigo no hablaba. Sobre su cabeza aparecían unos globos con frases hechas por otros, que mostraban una conversación basada en lugares comunes. Pero eso no importaba mucho: lo que realmente importaban eran las miradas que él lanzaba y que ella correspondía.

La fotonovela estaba publicada en blanco y negro. Habría sido muy caro imprimirla a “full color” y en mejor papel, pero se vendía muy bien. Estaba en el portal del Parque Calderón donde el señor Sánchez, en El Palacio de la Suerte Monsalve y en otros lugares de la ciudad. Se vendía también dentro de los buses interprovinciales y una vez me la ofrecieron a la salida de Guayaquil, en la plaza Victoria.

¡Había que ver quienes suspiraban por mi amigo! No solamente las quinceañeras cuencanas, también lo hacían las chicas del parque Seminario, en Guayaquil, en la avenida Amazonas de Quito y en Bahía de Caráquez. ¡Un éxito nacional!

Mi amigo no hizo carrera como actor de fotonovelas. No le interesó o no le llamaron más. Sin embargo la fama se mantuvo a lo largo de los años: los que vivió en Cuenca y después. Hoy aparece como abuelo en el Facebook, mostrando orgulloso a los nietos. 

Pasados 40 años mantiene la fama de ser el único de la jorga que estuvo en una fotonovela. 

Publicado el 23 de marzo de 2016
http://www.eltiempo.com.ec/noticias-opinion/12095-fotonovela/

miércoles, 16 de marzo de 2016

Cuenca ciudad abierta

Pasan tiempos difíciles en el centro de la ciudad: está abierta, como si hubiese sido bombardeada, con zanjas que semejan trincheras de una primera guerra mundial que pasó hace un siglo y en la que se usaba gas mostaza y había lodo en cantidades.

Recorrerla hoy no es fácil. Recuperarla en un paseo que permita ver sus antiguas casas, con sus balcones y las calles empedradas deberá esperar. 

Pero hubo un tiempo en que esta misma ciudad tenía esas mismas casas con su patio, su traspatio y su huerta como lugares vivos.  Sitios en que la convivencia cotidiana se mostraba tal como era, simple y sujeta a horarios que iban de ocho a doce y de dos a seis.

Los chicos de la casa caminaban a la escuela que no estaba a más de cuatro cuadras; no iban en vehículo, que no era necesario. La abuela, acompañada de una muchacha, podía visitar la iglesia, también cercana, que era como si fuera suya. ¡Cómo no iba a serlo, si allí estaba la virgen de su advocación, o el Señor de la Buena Esperanza, o santa Rosa de Lima!

Cuando el padre no estaba lejos, en alguna propiedad agrícola de la que provenía el dinero escaso pero suficiente para el sustento familiar, podía reunirse con sus amigos en la botica de la esquina o en el parque Calderón: reuniones sólo de hombres para hablar de la política local y nacional, sin mencionar casi nunca los problemas personales, que había y eran muchos. Los varones no están para ir contando sus pequeñas o grandes penas a los amigos, aunque sean muy cercanos.

A la media mañana la empleada doméstica salía a la plaza –que tampoco estaba lejos- para las compras del día. Si iban a ser muchas, llevaba una canasta grande, de ésas que se atan a la espalda con el pañolón para que sea más fácil de cargar. Si eran demasiadas, siempre encontraría un cargador con una carretilla de madera para que acompañara de vuelta a casa.

Las madre llamaba a comer  a la hora en punto. Comida de  diario, de ésas que incluían un locro de papas o de porotos, un plato humeante de mote pelado y arroz con huevo frito. No se pensaba en el colesterol ni existían transgénicos. Era, en resumen, una comida sana.  ¿Quién sabía lo que era una hamburguesa?

Esos tiempos que se han ido no volverán jamás. Esperamos que la ciudad vuelva, cerrando sus zanjas, esas heridas que la modernidad ha causado y que nos duelen a todos.

Publicado el 16 de marzo de 2016

http://www.eltiempo.com.ec/noticias-opinion/12067-ciudad-abierta/